Marimar Torres, una aventurera del vino en Norteamérica

Instalada desde los años setenta en California, la única mujer de la cuarta generación de los Torres ha creado un proyecto vinícola muy personal a caballo entre el Viejo y el Nuevo Mundo, con numerosos guiños a su origen español.

La primera vez que entrevisté a Marimar Torres, hace algo más de una década, señaló decidida que su pequeño proyecto californiano era “la prueba más clara de que se podía sobrevivir sin Parker”. Eran los tiempos en los que las opiniones del gran gurú norteamericano resultaban determinantes para el éxito de cualquier etiqueta en aquel mercado, y muy en especial para los vinos californianos. Hoy sigue en sus trece y reconoce que no elabora vinos para presumir o alardear (“to show off”, dice usando la expresión inglesa). “Hago los vinos que me gusta beber y con la expresión de la viña”.

Tras su complexión delgada y un punto frágil y sus maneras delicadas, se esconde una mujer de carácter que tuvo que luchar en la España de los últimos años del franquismo para ser algo más que “la nena” (era la pequeña de tres hermanos y la única chica) en una familia acomodada catalana con un historial de varias generaciones dedicadas al vino.

Quizás por ello y porque lleva viviendo en Estados Unidos desde mediados de los años 70, es la Torres más comunicativa y la que más enriquece la conversación con anécdotas personales y familiares. De la misma manera, su Marimar Estate (hace ya unos años que quitó el apellido Torres del nombre de la bodega) es una prolongación de sus raíces, su personalidad y sus motivaciones. Las instalaciones de elaboración tienen la forma y el aspecto de una masía; la zona de visitas está decorada con mobiliario y recuerdos traídos de Cataluña y muchas de las propuestas de enoturismo incluyen una degustación de tapas. Además, uno de los eventos más especiales para los miembros de su club son las gigantescas paellas que prepara personalmente. Gran divulgadora de la cultura española y catalana en Estados Unidos, tiene incluso dos libros de cocina editados en inglés en las décadas de los 80 y 90: The Spanish Table y The Catalan Country Kitchen.

Del Penedès a California

Los inicios, sin embargo, no fueron un camino de rosas. “En mi época las niñas no estudiaban, pero gracias a mi madre, que hablaba varios idiomas, a los 6 años me mandaron al colegio alemán porque pensaron que sería mejor empezar por la lengua más difícil”, recuerda. Luego pasó al inglés y hoy habla con fluidez seis idiomas. También consiguió estudiar Económicas en la Universidad de Barcelona.

Gracias a su don de lenguas y la vocación exportadora de la familia, que debe de formar parte del ADN de los Torres, empezó a acompañar a su padre en algunos de sus viajes al extranjero. “En 1973 visité San Francisco por primera vez y me enamoré de la ciudad”, recuerda. Su agenda incluía una reunión con el crítico Robert Finigan que había puntuado el Gran Coronas como mejor vino español en su newsletter Robert Finigan’s Private Guide to Wines. El encuentro con aquel “graduado en Harvard, brillante e inteligente” quien, paradojas de la vida, fue contrincante de un joven Robert Parker, cambiaría su vida para siempre.

Por supuesto que “mi padre se enfadó muchísimo cuando me casé con un americano”, dice aún hoy divertida una Marimar madura. “La boda se celebró el 1 de noviembre de 1975, 20 días antes de que muriera Franco cuando España era aún un país en el que las mujeres eran ciudadanas de segunda categoría”. Ella, desde luego, nunca estuvo dispuesta a aceptar esta situación.

El matrimonio duró pocos años, pero desde su nuevo lugar de residencia trabajó activamente comercializando los vinos de la familia en Estados Unidos. Su mayor orgullo fue aumentar las ventas de 15 000 a 150 000 cajas en 10 años. Su siguiente meta fue elaborar vino en California y para ello contó con la ayuda de su hermano Miguel, quien además la animó a estudiar viticultura y enología en la Universidad de Davis.

Una bodega llamada Marimar

A su modo, ella también fue pionera. “Cuando llegué a Russian River no había prácticamente bodegas; la más cercana era Iron Horse. La zona de Green Valley donde estamos es la más fría y con más niebla de esta región y resulta muy adecuada para la pinot noir”.

En California, el clima depende del grado de influencia de las brisas del Pacífico y su capacidad para generar nieblas más o menos persistentes. En distintas ediciones del Atlas del Vino de Jancis Robinson y Hugh Johnson se cita de manera específica lo complicada que puede ser la maduración en los viñedos de bodegas como Marimar Estate, Iron Horse o Freestone en esta zona de Russian River Valley, pero también se valora la intensidad que pueden alcanzar los vinos. “Aunque la chardonnay fue la variedad más apreciada al principio, la viveza de una pinot noir con sabores de frutos rojos fue lo que llamó la atención de la crítica vinícola sobre esta región”, escriben Robinson y Johnson.

Los primeros vinos de Marimar Torres salieron al mercado a principios de los 90: primero un chardonnay de la cosecha 1989; después un pinot noir. La viña, bautizada como Don Miguel Vineyard en honor al padre, se empezó a plantar en 1986 al estilo europeo, reproduciendo la orientación tradicional de los viñedos de Borgoña y con mayor densidad de cepas por hectárea de lo habitual en la zona.

Más tarde adquirió una segunda finca a tan solo 10 kilómetros de distancia en la zona de Sonoma Coast. El nombre en esta ocasión rendía homenaje a la madre: Doña Margarita Vineyard. Los suelos, en ambas zonas, son limos arenosos de origen volcánico y marino, muy ligeros y con poca capacidad de retención de agua. Los rendimientos son muy bajos: poco más de 3000 kilos para la pinot noir y entre 4000 a 4500 kilos para la chardonnay. Marimar es de la opinión de que “una cepa es como un niño; hay que darle lo que necesita, no lo que quiere”.

En su casa ha seguido la misma filosofía y no ha querido ponerle las cosas fáciles a su hija Cristina, que este año se incorpora definitivamente a la bodega. Tras estudiar en Princeton y cursar un MBA en Wharton, la animó a tener experiencias profesionales fuera del vino y rechazó que entrara a trabajar en la bodega familiar en España. En su lugar, se ha formado en la icónica Jackson Family Wines de Napa Valley, donde ha sido un excelente enlace en la creación Wineries for Climate Action, un proyecto conjunto de Jackson y Familia Torres para fomentar la colaboración de la industria vinícola de cara mitigar y revertir el impacto del cambio climático.

Marimar Torres también aplica la filosofía de sostenibilidad y reducción de emisiones de carbono de la que su hermano Miguel Agustín es referente internacional. “Nos hicimos ecológicos en el año 2000 y nos fue muy bien”, explica. Pero han ido más allá: realizan ciertas prácticas biodinámicas en el viñedo y cuentan también con un certificado de sostenibilidad que mide la huella de carbono. “Es una certificación más global: valora desde el trato a los empleados a que tengamos placas solares”.

Cuenta que el cambio climático no se nota tanto en términos de subida de temperaturas como por fenómenos extremos. Han tenido un poco de todo en los últimos tiempos: varios años de una sequía persistente que se alivió solo parcialmente con las lluvias del invierno de 2018 y, sobre todo, los incendios. En el tramo final de la vendimia 2019 una orden de evacuación les impidió acceder a la bodega durante varios días cuando sus tempranillos y syrahs estaban aún en plena fermentación.

Estilo propio

Uno de los elementos que distingue a Marimar Estate es el cultivo de variedades de la Península Ibérica. Empezaron en 2004 con la albariño y la tempranillo. Con la primera llevan comercializando un blanco desde hace varios años. El perfil es algo diferente al de sus homónimos gallegos, pero no hay duda de que ahí reside parte de la gracia. Tras un intento fallido de aclimatarla en Sonoma Coast por el clima más frío, el cultivo se ha desarrollado muy bien en el viñedo de Don Miguel. El primer vino de tempranillo saldrá en breve al mercado. Será un tinto con dos años de crianza en barrica, al igual que su top de Russian River Valley Cristina Selección.

Marimar está particularmente contenta de su primera “mini cosecha” de godello a partir de apenas medio acre (un cuarto de hectárea) plantado con material vegetal suministrado por un vivero local en el que se “colaron” 50 plantas de uvas tintas. La próxima etapa se centrará en las variedades ancestrales recuperadas por la familia Torres en Cataluña. Si la pirene está aún en periodo de observación, las gonfaus y moneu han pasado ya los controles de la Universidad de Davis y se injertaron en campo este verano.

Otro elemento atípico, al menos para estándares hispanos, es la distribución de las ventas. Con una producción que varía entre las 100 000 y 120 000 botellas anuales, la principal partida es la exportación (40%), seguida de la venta directa en bodega y a través del club (30%), mercado nacional (15%: incluye tanto la comercialización en California sin distribuidor como en el resto de Estados Unidos a través de distribuidores) y venta de uva (15%), sobre todo de su viñedo de Sonoma. Es significativo que algunos compradores de uva elaboran vinos mencionando el origen de Doña Margarita Vineyard en las etiquetas como seña de calidad.

La fórmula se apoya fundamentalmente en la exportación y en una clientela fiel a la marca. “Me he pateado Estados Unidos vendiendo vino, pero cada vez está más difícil”, nos contaba: “Hay 10 veces más bodegas y la mitad de distribuidores, y los que quedan cada vez tienen más poder”.

Ella, sin embargo, ha encontrado su sitio sin apoyarse demasiado en la crítica vinícola. “La mayor puntuación que hemos tenido es un 96 que dio Wine Enthusiast a La Masía. He dejado de leer The Wine Advocate (la publicación fundada por Parker y controlada ahora por la Guía Michelin) no sé muy bien por qué. Sigo más Wine Spectator porque ofrece más noticias del sector, pero el antiguo catador de los vinos de California, James Laube, dijo en una ocasión que al Acero (su chardonnay sin barrica) se le notaba la madera. La gran diferencia de la prensa vinícola entre Europa y Estados Unidos es que en Europa se educa al consumidor y en Estados Unidos se juzga los vinos. Por eso son tan importantes las puntuaciones”, reflexiona.

A sus 74 años, Marimar Torres sigue desplegando una energía admirable. Esta vendimia se ha encargado de llevar personalmente el desayuno a sus trabajadores a las seis de la mañana durante algo más de un mes. “Lo hago porque me gusta. Empiezan a trabajar a las dos de la madrugada. No se les puede pagar con dinero; me siento mejor si lo hago y además me sirve para enterarme de los problemas que puedan surgir”.

Hay con un equipo de nueve personas en viña durante todo el año. “Son todos mexicanos. Filiberto, el capataz, está con nosotros desde el 91. Por supuesto que hablamos en español”, confiesa.

Autor: Amaya Cervera. Imágenes: Álvaro Fernández Prieto
Fuente: SOBREMESA

[/fusion_text][/fusion_builder_column][/fusion_builder_row][/fusion_builder_container]